Si pronto nos encontramos posibilitados para hablar de un nuevo cine argentino será gracias a Historias Extraordinarias de Mariano Llinás, y voy a tomarme el tiempo de explicar bien esto.
Historias Extraordinarias (HE) no sienta las bases de nada, nada nuevo puede surgir de allí porque es una película autodestructiva, como toda vanguardia, HE se agota en sí misma, y aún así, podría durar veinte, sesenta, cinco horas más, las que sean, porque su procedimiento de enlazador adicto a la ficción es eterno, nuevas cosas pueden inventarse e hilarse a cada momento, y creo que el episodio de Lola Gallo lo demuestra, como si fuera un guiño a sí misma.
HE se agota, se consume mientras se sucede, aunque bien puede durar eternamente, se gasta, utiliza todos los recursos que inventa y no deja salida para poder tomar algo de ella y formar otra cosa, no se puede tomar nada de la película como base para armar nada más sin que resulte una mera copia, a esto es a lo que me refiero. No va a haber futuras Historias Extraordinarias, no va a levantarse un nuevo cine alrededor de la película. Nació, se agotó y punto. Sin embargo, representa una ruptura para el cine argentino (o para el cine en general), por lo menos la ruptura más clara e impresionante, ya no se puede (o no se debe) hacer cine de la misma manera que se venía haciendo. Es un quiebre en todo sentido, es un quiebre en términos de producción, en términos de creación, de registro y en términos de espectador. Nuevas formas de abordar el cine en todos los sentidos, esto es: cine sin el INCAA, novela cinematográfica, cine viajero, espectadores que son partícipes de la construcción, que están ahí, en el mismo momento en el cual la película se está haciendo, que están ahí en el mismo momento en el que el narrador habla para hacer surgir las imágenes, para construir las diferentes historias.
Historias Extraordinarias llegó como ruptura y no como inicio de nada, no sienta nuevas bases pero invita a que se repiense la manera en la que se venía haciendo cine hasta el momento.
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Descubrir Buenos Aires, volver a verla desde cero por más que se la haya transitado cientos de veces. Detenerse en la idea de que todo es llano, entender que existen mil pueblos que no son diferentes a nada y sin embargo los vemos por primera vez, entendemos que hay movimiento arquitectura diabólica y fascinante.
Todo empieza tranquilo y luego resulta que ni el narrador es único, ni al narrador nos podemos aferrar para ir ciegos a lo largo de toda la película. El espectador tiene que decir, o en realidad el primero que lo dice es el propio filme: bueno, nada de esto es cierto, tanto mejor, ahora no sabemos para dónde agarrar, lo único que sabemos cien por ciento es que esto es Buenos Aires, esta es la provincia, y sin embargo, nada de lo que nos muestran se asemeja a aquellos pueblos olvidados.
Después de cuatro horas y dos intervalos salimos del cine pensando que hasta el tanque de guerra podríamos haber soportado tranquilamente, pero después entendemos que no está de más, que la película toda nos encantó, y nos preguntamos qué es el argumento, para qué sirve, si es necesario o si todo en el cine es una excusa para viajar, para registrar, para hacer surgir el espacio por sí mismo.
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¿Puede el ego de una persona ser realmente tan grande? Por suerte sí.
















